Memoria, lesbianismo y justicia
Hoy ya no recuerdo la primera vez que oí su nombre, porque ha convivido conmigo grabado a fuego en mi lucha por los derechos de las lesbianas desde entonces.
Dolores (Loli) Vázquez.
Si hoy eres lesbiana y tienes menos de treinta o cuarenta años, es posible que su historia no forme parte de tu memoria. Solo espero que en estos días la juventud convierta su nombre en un faro, como tantas hemos hecho.
La historia de Loli Vázquez nos viene a explicar hasta qué punto la lesbofobia puede tergiversar la realidad y utilizar el lesbianismo como arma arrojadiza, como “prueba de delito”.
El caso Wanninkhof: una condena sin pruebas
En el año 2000, Dolores Vázquez fue condenada por el asesinato de Rocío Wanninkhof. Pasó 17 meses en prisión. 17 meses privada de una libertad que, a priori, no iba a recuperar hasta 15 años y un día después, aun siendo inocente.
¿Quién puede llegar a imaginar la tortura que puede llegar a suponer pasar 517 días encerrada en una cárcel siendo inocente y pensando que pasarás casi toda tu vida entre rejas por un crimen que no cometiste?
Y con toda la sociedad gritándote, fuera y dentro de la cárcel, “asesina”.
Afortunadamente los astros se alinearon para que se hiciera una justicia casi divina y finalmente se demostró su inocencia. Bendita colilla. En este caso fumar salvó una vida. Irónica la vida.
Lesbianismo como prueba de delito
Al grano: ¿cómo rayos fue posible que esa condena fuera incontestable, incluso antes de celebrarse el juicio? Porque a Dolores se la condenó antes de que se dictara sentencia.
Su lesbianismo fue el filtro desde el que se leyó todo: su cuerpo, su físico, su expresión de género, su carácter, su actitud, su relación con Alicia Hornos, la madre de Rocío.
En aquella época, no hacía siquiera falta mentar la palabra “lesbiana”. Estaba ahí, operando en las conciencias, presente sin ser mencionada, desdibujando a un ser humano y convirtiéndolo en una suerte de “bestia”.
Así éramos las lesbianas entonces: bestias malas que había que eliminar.
El papel de los medios y la construcción del estigma
La escritora y feminista Beatriz Gimeno llevó a cabo un estudio exhaustivo del tratamiento mediático de Dolores Vázquez en aquellos interminables meses, que plasmó en su libro La construcción de la lesbiana perversa (Gedisa, 2008).
Según Gimeno, “a Dolores Vázquez se la acusó, procesó y condenó por ser lesbiana y nada de lo que sucedió hubiera podido suceder de la misma manera de haber sido ella heterosexual” (Gimeno, 2008:17).
Contexto histórico: lesbofobia estructural en España
Esta realidad nos persiguió a muchas lesbianas en aquella época como una advertencia.
Una advertencia de aquello a lo que nos arriesgábamos por el mero hecho de ser lesbiana, bollera: desviada.
Desviada de una norma que nos acechaba y nos amenazaba con un castigo irrefutable.
Recordemos que apenas 10 años antes la Organización Mundial de la Salud había eliminado la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales.
En nuestro país, a apenas 20 años de la muerte de Francisco Franco, la homosexualidad seguía siendo una enfermedad, una condición contra la que era válido atentar públicamente.
Estaba socialmente aceptado que se nos discriminara y posicionarse públicamente en contra de nosotras. Más aún si una lesbiana estaba envuelta en una historia de asesinato.
Estereotipos de género y criminalización
La describían como una mujer fría, calculadora, dura y poco expresiva.
Se le recriminaba que no llorara, que no se viniera abajo ante las cámaras.
La sociedad no soportaba que no se comportara como se esperaba de una mujer en semejante situación.
Y ese “no encajar” se fue convirtiendo en una prueba incriminatoria incontestable.
Pero, ¿cómo se tenía que comportar una mujer ante una situación así? Pues lo cierto es que, en este caso, daba igual.
Si hubiera llorado mucho, se le habría tildado de hacerse la víctima. Si se hubiera mostrado muy alterada, habría sido una histérica.
Daba igual. Ella ya estaba juzgada por lesbiana.
Lesbianismo como amenaza al sistema
La sociedad vio una herramienta perfecta para castigar el lesbianismo e intentar adoctrinarnos al resto, advirtiéndonos de qué nos podía pasar si nos alejábamos de la heterosexualidad, si optábamos por una vida desviada.
Desviada de la entrega sexual al hombre, claro está.
Cuando las lesbianas decimos que “el amor entre mujeres es un acto revolucionario” nos referimos precisamente a que, al “desviarnos del deseo normativo hacia el hombre” ponemos en jaque al sistema; un sistema que, por supuesto, se basa en la heterosexualidad y se rige a partir de ella.
Dentro del sistema patriarcal, decirle al hombre “jamás te voy a amar como pareja y jamás te voy a desear” es alterar los cimientos de su estatus como hombre en el sistema social aún vigente.
Es poner en cuestión esa heterosexualidad obligatoria de la que habla Adrienne Rich y quebrar –o tambalear, cuando menos– la presunción de la heterosexualidad.
A menos que se diga o demuestre lo contrario, claro.
Pero siempre teniendo que decir o demostrar “ese contrario”.
Siempre apareciendo como “lo contrario”, cuando lo contrario debería ser el propio sistema normativo que nos “obliga” a las mujeres a desear a los hombres y a construir familias con ellos.
Es un hecho que las feministas heterosexuales necesitan a los hombres heterosexuales (no tanto a los bisexuales) para desarrollar sus proyectos de vida más íntimos en lo personal/familiar.
Las lesbianas, no.
Es así. Y eso no debería de suponer ningún problema. Sin embargo, lo supone. Y muy grande aún.
La lesbofobia legitimada
Tal y como describe Beatriz Gimeno en su libro, “[e]n definitiva, se trataba de legitimar y dar carta de naturaleza a la lesbofobia: el pánico a la homosexualidad femenina” (Gimeno, 2008:25).
Por supuesto, los medios contribuyeron activamente a perfilar esa imagen y, durante meses, esa imagen se repitió hasta convertirse en una suerte de sentido común en la calle.
Eso fue lo más inquietante del caso, pues aun no existiendo pruebas determinantes incriminatorias, llegó un momento en que no hizo falta.
Ya se había construido una historia que permitía llenar ese vacío, es decir, se necesitaba un culpable y se creó.
El juicio y la opinión pública
Su relación con Alicia Hornos, la madre de Rocío, fue interpretada como algo turbio, dominado por una lógica de poder.
Alicia nunca fue vista como lesbiana o bisexual, sino como una víctima que había caído en las garras de Dolores, la “lesbiana perversa” de la que habla Gimeno y que le había llevado por “el mal camino”.
Por supuesto, la posibilidad de una familia lésbica ni siquiera entraba en el marco de lo posible en aquella época.
Y llegó el juicio. ¡Ojo! Un juicio con Tribunal de Jurado.
¿Qué ocurre cuando esas personas llegan a la sala después de meses de cobertura mediática cargada de prejuicios?
¿Qué ocurre cuando la imagen de la acusada ya está construida?
Javier Pérez Royo afirmó en el documental “Dolores Vázquez. La verdad sobre el caso Wanninkhof” que “la presunción de inocencia se vulnera desde el principio. Todo el juicio se basa en la presunción de culpabilidad. Y esta presunción de culpabilidad va cogiendo tanta fuerza que cuando llega al Tribunal de Jurado, este ya tiene esa presunción de culpabilidad metida dentro”.
Efectivamente, en el caso de Loli, lo que ocurrió es que nueve personas tuvieron que decidir sobre su culpabilidad en un contexto donde, como se ha señalado, la opinión pública ya estaba construida.
Ya se había pronunciado el veredicto fuera de la sala del juicio, antes de que comenzara el propio juicio.
“Culpable a simple vista”
Hay un texto que siempre vuelve cuando se habla de este caso.
El artículo de Salvador Sagaseta en 2003 y sus demoledoras palabras, unas palabras que hoy nos sirven como prueba y evidencia de todo lo que envolvía este caso.
Lo escribió cuando ya se conocía la inocencia de Loli y en él decía, negro sobre blanco, que, incluso sabiendo que no había cometido el crimen, le seguía pareciendo “tan repelente el personaje (bajita, culona, lesbiana, con evidente cara de mala leche y pocas ganas de ducharse), que le habría mandado a los leones sin mover unan ceja”.
Así, a bocajarro y sin mover ninguna ceja, La Provincia / Diario Las Palmas le publicó esa joya un miércoles día 24 de septiembre de 2003.
No le tembló el pulso (ni las cejas, cierto) para afirmar que “haya cometido o no homicidio o asesinato, la tía me cae fatal, culpable a simple vista”.
Ahí queda resumido todo el calvario de Loli Vázquez:
el lesbianismo como única prueba de crimen.
Memoria, lesbianismo y justicia
Hoy ya no recuerdo la primera vez que oí su nombre, porque ha convivido conmigo grabado a fuego en mi lucha por los derechos de las lesbianas desde entonces.
Dolores (Loli) Vázquez.
Si hoy eres lesbiana y tienes menos de treinta o cuarenta años, es posible que su historia no forme parte de tu memoria. Solo espero que en estos días la juventud convierta su nombre en un faro, como tantas hemos hecho.
La historia de Loli Vázquez nos viene a explicar hasta qué punto la lesbofobia puede tergiversar la realidad y utilizar el lesbianismo como arma arrojadiza, como “prueba de delito”.
El caso Wanninkhof: una condena sin pruebas
En el año 2000, Dolores Vázquez fue condenada por el asesinato de Rocío Wanninkhof. Pasó 17 meses en prisión. 17 meses privada de una libertad que, a priori, no iba a recuperar hasta 15 años y un día después, aun siendo inocente.
¿Quién puede llegar a imaginar la tortura que puede llegar a suponer pasar 517 días encerrada en una cárcel siendo inocente y pensando que pasarás casi toda tu vida entre rejas por un crimen que no cometiste?
Y con toda la sociedad gritándote, fuera y dentro de la cárcel, “asesina”.
Afortunadamente los astros se alinearon para que se hiciera una justicia casi divina y finalmente se demostró su inocencia. Bendita colilla. En este caso fumar salvó una vida. Irónica la vida.
Lesbianismo como prueba de delito
Al grano: ¿cómo rayos fue posible que esa condena fuera incontestable, incluso antes de celebrarse el juicio? Porque a Dolores se la condenó antes de que se dictara sentencia.
Su lesbianismo fue el filtro desde el que se leyó todo: su cuerpo, su físico, su expresión de género, su carácter, su actitud, su relación con Alicia Hornos, la madre de Rocío.
En aquella época, no hacía siquiera falta mentar la palabra “lesbiana”. Estaba ahí, operando en las conciencias, presente sin ser mencionada, desdibujando a un ser humano y convirtiéndolo en una suerte de “bestia”.
Así éramos las lesbianas entonces: bestias malas que había que eliminar.
El papel de los medios y la construcción del estigma
La escritora y feminista Beatriz Gimeno llevó a cabo un estudio exhaustivo del tratamiento mediático de Dolores Vázquez en aquellos interminables meses, que plasmó en su libro La construcción de la lesbiana perversa (Gedisa, 2008).
Según Gimeno, “a Dolores Vázquez se la acusó, procesó y condenó por ser lesbiana y nada de lo que sucedió hubiera podido suceder de la misma manera de haber sido ella heterosexual” (Gimeno, 2008:17).
Contexto histórico: lesbofobia estructural en España
Esta realidad nos persiguió a muchas lesbianas en aquella época como una advertencia.
Una advertencia de aquello a lo que nos arriesgábamos por el mero hecho de ser lesbiana, bollera: desviada.
Desviada de una norma que nos acechaba y nos amenazaba con un castigo irrefutable.
Recordemos que apenas 10 años antes la Organización Mundial de la Salud había eliminado la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales.
En nuestro país, a apenas 20 años de la muerte de Francisco Franco, la homosexualidad seguía siendo una enfermedad, una condición contra la que era válido atentar públicamente.
Estaba socialmente aceptado que se nos discriminara y posicionarse públicamente en contra de nosotras. Más aún si una lesbiana estaba envuelta en una historia de asesinato.
Estereotipos de género y criminalización
La describían como una mujer fría, calculadora, dura y poco expresiva.
Se le recriminaba que no llorara, que no se viniera abajo ante las cámaras.
La sociedad no soportaba que no se comportara como se esperaba de una mujer en semejante situación.
Y ese “no encajar” se fue convirtiendo en una prueba incriminatoria incontestable.
Pero, ¿cómo se tenía que comportar una mujer ante una situación así?
Pues lo cierto es que, en este caso, daba igual.
Si hubiera llorado mucho, se le habría tildado de hacerse la víctima. Si se hubiera mostrado muy alterada, habría sido una histérica.
Daba igual. Ella ya estaba juzgada por lesbiana.
Lesbianismo como amenaza al sistema
La sociedad vio una herramienta perfecta para castigar el lesbianismo e intentar adoctrinarnos al resto, advirtiéndonos de qué nos podía pasar si nos alejábamos de la heterosexualidad, si optábamos por una vida desviada.
Desviada de la entrega sexual al hombre, claro está.
Cuando las lesbianas decimos que “el amor entre mujeres es un acto revolucionario” nos referimos precisamente a que, al “desviarnos del deseo normativo hacia el hombre” ponemos en jaque al sistema; un sistema que, por supuesto, se basa en la heterosexualidad y se rige a partir de ella.
Dentro del sistema patriarcal, decirle al hombre “jamás te voy a amar como pareja y jamás te voy a desear” es alterar los cimientos de su estatus como hombre en el sistema social aún vigente.
Es poner en cuestión esa heterosexualidad obligatoria de la que habla Adrienne Rich y quebrar –o tambalear, cuando menos– la presunción de la heterosexualidad.
A menos que se diga o demuestre lo contrario, claro.
Pero siempre teniendo que decir o demostrar “ese contrario”.
Siempre apareciendo como “lo contrario”, cuando lo contrario debería ser el propio sistema normativo que nos “obliga” a las mujeres a desear a los hombres y a construir familias con ellos.
Es un hecho que las feministas heterosexuales necesitan a los hombres heterosexuales (no tanto a los bisexuales) para desarrollar sus proyectos de vida más íntimos en lo personal/familiar.
Las lesbianas, no.
Es así. Y eso no debería de suponer ningún problema. Sin embargo, lo supone. Y muy grande aún.
La lesbofobia legitimada
Tal y como describe Beatriz Gimeno en su libro, “[e]n definitiva, se trataba de legitimar y dar carta de naturaleza a la lesbofobia: el pánico a la homosexualidad femenina” (Gimeno, 2008:25).
Por supuesto, los medios contribuyeron activamente a perfilar esa imagen y, durante meses, esa imagen se repitió hasta convertirse en una suerte de sentido común en la calle.
Eso fue lo más inquietante del caso, pues aun no existiendo pruebas determinantes incriminatorias, llegó un momento en que no hizo falta.
Ya se había construido una historia que permitía llenar ese vacío, es decir, se necesitaba un culpable y se creó.
El juicio y la opinión pública
Su relación con Alicia Hornos, la madre de Rocío, fue interpretada como algo turbio, dominado por una lógica de poder.
Alicia nunca fue vista como lesbiana o bisexual, sino como una víctima que había caído en las garras de Dolores, la “lesbiana perversa” de la que habla Gimeno y que le había llevado por “el mal camino”.
Por supuesto, la posibilidad de una familia lésbica ni siquiera entraba en el marco de lo posible en aquella época.
Y llegó el juicio. ¡Ojo! Un juicio con Tribunal de Jurado.
¿Qué ocurre cuando esas personas llegan a la sala después de meses de cobertura mediática cargada de prejuicios?
¿Qué ocurre cuando la imagen de la acusada ya está construida?
Javier Pérez Royo afirmó en el documental “Dolores Vázquez. La verdad sobre el caso Wanninkhof” que “la presunción de inocencia se vulnera desde el principio. Todo el juicio se basa en la presunción de culpabilidad. Y esta presunción de culpabilidad va cogiendo tanta fuerza que cuando llega al Tribunal de Jurado, este ya tiene esa presunción de culpabilidad metida dentro”.
Efectivamente, en el caso de Loli, lo que ocurrió es que nueve personas tuvieron que decidir sobre su culpabilidad en un contexto donde, como se ha señalado, la opinión pública ya estaba construida.
Ya se había pronunciado el veredicto fuera de la sala del juicio, antes de que comenzara el propio juicio.
“Culpable a simple vista”
Hay un texto que siempre vuelve cuando se habla de este caso.
El artículo de Salvador Sagaseta en 2003 y sus demoledoras palabras, unas palabras que hoy nos sirven como prueba y evidencia de todo lo que envolvía este caso.
Lo escribió cuando ya se conocía la inocencia de Loli y en él decía, negro sobre blanco, que, incluso sabiendo que no había cometido el crimen, le seguía pareciendo “tan repelente el personaje (bajita, culona, lesbiana, con evidente cara de mala leche y pocas ganas de ducharse), que le habría mandado a los leones sin mover unan ceja”.
Así, a bocajarro y sin mover ninguna ceja, La Provincia / Diario Las Palmas le publicó esa joya un miércoles día 24 de septiembre de 2003.
No le tembló el pulso (ni las cejas, cierto) para afirmar que “haya cometido o no homicidio o asesinato, la tía me cae fatal, culpable a simple vista”.
“Culpable a simple vista”.
Ahí queda resumido todo el calvario de Loli Vázquez: