
Hoy hace dos años que te fuiste. Tú, la persona más importante de mi vida. Mi compañero, mi equipo. Mi único hogar incondicional.
Pero no vengo a hablar de ti, sino de mí. O de ti que me lees. De lo que pasa en quien se queda, no en quien se va.
Cadena perpetua tengo,
me la quitan si te olvido.
Vete y dile al carcelero
que remate bien los grillos,
que olvidarte yo no puedo.
Ese verso que cantabas acompañándote de tu timple me martillea incesante, porque describe con precisión lo que es vivir en duelo en esta sociedad positivista: una cadena (¿perpetua?) emocional. Tu pérdida no me impide vivir. Sigo durmiendo, comiendo, trabajando, relacionándome con gente, haciendo algunos planes, riéndome (a veces incluso sin dolor). Pero ya nada es igual, ya no vivo como antes. Solo sé hacer lo mecánico: cumplir rutinas, ocupar el tiempo, sostenerme en lo básico. Sí, sigo siendo pasional, emotiva y cerebral. ¿Es eso avanzar? En mí algo ha quedado para siempre en el lugar de tu partida. Hace dos años, mi vida se paró. Mido los recuerdos por un antes y un después. Un antes que duele y genera una nostalgia profunda, nueva porque aún estabas; y un después que deshilacha a jirones la piel.
No, el duelo no sigue etapas preestablecidas. No responde a frases de consuelo. No se alivia porque “él no querría verte así”. No se cura porque “es ley de vida”. Lo que duele no es solo que tú hayas partido, papá, a pesar del lastre de la impotencia de saber que querías seguir viviendo. Ahora ya entiendo que eso no estaba en mis manos, ¡ojalá hubiera estado! Lo que hoy duele es lo que tu muerte ha provocado en mi estabilidad vital: en mi cuerpo, mi mente y mis emociones. En mi historia. En mi presente. Un presente que dura ya dos años.
Una tristeza inapelable, que ha llegado para quedarse. Mi objetivo no es superarla, voy aprendiendo a vivir con ella, a integrarla en mi nueva vida como parte irrefutable de esta nueva etapa hasta que llegue mi final. Tiene que ver con la pérdida del «hogar absoluto». Porque ambos éramos siempre un lugar al que volver, pasara lo que pasase: estuviéramos enfadados o no, cayera uno en el alcoholismo o en las drogas, hubiéramos cometido un delito… ¿Cómo exagerarlo para hacerme entender? Cualquier escenario habido o por haber, cualquiera inimaginable, no destruía jamás ese hogar en el que refugiarnos. Daba igual si nos perdíamos o tocábamos fondo. Ese refugio nunca se rompía. Nada –ni la rabia, ni el fracaso, ni el miedo– podía quebrar semejante certeza. Simplemente nos teníamos. Éramos eso: un abrigo mutuo, un lugar al que volver sin condiciones.
Y perder eso supone tener que renunciar a tu forma de estar en el mundo, a esa complicidad incondicional, a esa mirada que te decía “todo va a estar bien”, incluso cuando todo estaba mal. ¿Es esta la orfandad de la que tanto se habla y nadie explica?
Tras dos años lidiando con un dolor que no encuentra consuelo (y tal vez no haya consuelo), hoy quería poner de manifiesto que el duelo no es tanto por la persona que se va, sino por quien se queda. Por quien tiene que reconstruirse entre escombros. Por quien mira el mundo y ya no encuentra refugio.
Y, sin embargo, vivimos en una sociedad que no sabe convivir con el dolor. Que no sabe escuchar una tristeza sin apurarse a corregirla. Que responde con frases vacías que solo tapan, nunca acompañan.
Porque hablar de acompañar no es decir “ánimo”, “ya verás que pasa”, “él no querría verte así”. Acompañar no es descargar frases hechas, desviar la conversación hacia lugares comunes o interrumpir la tristeza porque nos incomoda verla, sentirla, habitarla.
Acompañar implica, por encima de todo, escuchar el dolor, pararse en él, acogerlo, validarlo, abrazarlo, aceptarlo el tiempo que haga falta.
¿Quién? ¿Quién sabe hacerlo? ¿Dónde nos enseñan? ¿Quién se atreve a sostener el dolor ajeno sin protegerse del propio miedo? ¿Quién puede caminar contigo sin querer arreglarte? ¿Quiénes tenemos la paciencia en este mundo acelerado, en el que no soportamos un mensaje de más de tres líneas, para detenernos en el dolor ajeno el tiempo que haga falta?
Porque cada vez que manifestamos un dolor insoportable e incapacitante, recibimos casi siempre eso: frases hechas y lugares comunes. Tópicos típicos. Típicos tópicos.
En definitiva, vienen a decirte: “resuelve esto rápido, que tu tristeza incomoda”.
El duelo no tiene calendario. ¿O sí? ¿Cómo se hace para saber si dos años son suficientes? Desde luego, si no te detienes en el duelo, si no lo transitas con la calma y el acompañamiento que requiere, tal vez una vida no baste.