Aquí los tres, al principio del camino

Una vez me preguntaron en una entrevista si alguna vez había estado en el armario, a lo que respondí que nunca tuve tiempo. Al menos no tuve tiempo para ser consciente de lo que era un armario.

Tenía 11 años cuando me enamoré por primera vez de mi entrenadora de Baloncesto. A los 12 nos dimos nuestro primer beso. Y ahí anduvimos 2 años besándonos, haciendo manitas e intercambiando caricias. Hasta ese momento estaba totalmente convencida de que éramos las dos únicas chicas en el mundo a quienes les ocurría aquello.

Cuando cumplí 15 años llegué al instituto por primera vez. Aún recuerdo mi entrada en el aula. Mientras atravesaba el umbral, eché una vista rápida alrededor y elegí un sitio delante de una chica que me llamó la atención. En milésimas de segundos la elegí como compañera de clase y me dirigí al asiento que me esperaba vacío delante del suyo. Me senté y me giré hacia atrás. Mis ojos se posaron en los suyos y, en aquel momento, las hormonas cobraron protagonismo y nos hicimos compañeras de vida durante seis años. Aprendí entonces, durante aquellos maravillosos años, que había más mujeres que se amaban, que mi entrenadora y yo no éramos las únicas. Conocí pronto la palabra “homosexual”. A los 16 años, mi padre me llamó un día a capítulo y me explicó que yo era lesbiana (palabra nueva que incorporé inmediatamente a mi vocabulario) y que no me preocupase, que todo estaba bien. Me dijo que lo único que tenía que hacer era estudiar, ser buena persona y conseguir mi independencia económica, que solo así me respetarían como lesbiana. Aquello se me grabó a fuego y me aferré a su consejo como trampolín para mi felicidad. Hoy en día hemos hablado de aquel momento y le he explicado que su consejo era fruto de una homofobia interiorizada, ya que las lesbianas tenemos igual derecho a ser malas personas independientemente de nuestra orientación. Él me dice que no recuerda haberme dicho aquello, pero que seguramente su reacción fue producto del miedo a que fuera juzgada y me hicieran daño. En definitiva, fue su manera de protegerme. Y se lo agradezco infinitamente. Luego, ellos solitos (madre y padre) fueron saliendo del armario con respecto a mí ante sus amistades, familiares y resto del mundo. Yo les respeté siempre sus tiempos -así lo acordamos-. Y yo, por mi lado, fui teniendo los míos; como todas, supongo. Curiosamente, tanto una como otro rompieron antes que yo sus cadenas con lo que llamamos “armario”. Hoy por hoy puedo luchar abiertamente por los derechos de las lesbianas como yo gracias al apoyo que me han brindado siempre. No me cabe la menor duda.

Mi historia es una historia común cuya protagonista bien podría ser cualquier mujer de mi edad y mi entorno. Por ello considero que compartirla es, por encima de todo, un acto de visibilidad y referencia. En mi trayectoria como activista por los derechos lgbt, he intentado siempre ser con mi discurso – y conmigo misma- lo más coherente que he podido y sabido en mi esfera íntima y personal. Alcanzar la coherencia total es todo un aprendizaje y, sobre todo, una opción de vida que conlleva sus riesgos, sus sacrificios, su dolor y sus propias satisfacciones (¡claro que sí!). Y como parto de la base de que lo personal es político, en este Orgullo de los 40 me he hecho el firme propósito de compartir mi historia como lesbiana e intentar aportar mi propio granito de arena.

Este año – quién sabe si es verdad aquello de que los 40 suponen un punto de inflexión- he sentido la necesidad de pararme y de tomar conciencia de mi trayectoria. Y no solo de la mía, sino de las personas que han crecido a mi lado: de mi madre y mi padre, a quienes la vida les impuso una lucha con mi llegada al mundo. Porque tanto mi madre como mi padre tuvieron también su proceso personal, su salida del armario con respecto a su hija (ante ellxs mismxs, ante su entorno más cercano y ante el mundo en general), su propia lucha contra la homofobia interiorizada con que a todas y a todos nos han minado, sus propias elecciones personales para re-posicionarse en el mundo frente a una nueva realidad hasta entonces ajena, y un largo etcétera que seguramente ignoro, pero yo sé que existe.

Sin haber contado con escuela ni referente al respecto, han luchado por que yo desarrollara de la manera más saludable posible mi lado sentimental, aceptando que no me escondiera, creciendo a pasos agigantados y a un ritmo vertiginoso que yo les imponía. Soy consciente hoy del esfuerzo que en su época les tuvo que suponer, de la presión a la que yo lxs sometía, de la intransigencia de mi rebeldía adolescente, de las pruebas a las que les supeditaba en unos tiempos que no eran como los de hoy. Y en medio de toda esta vorágine y posterior catarsis emocional, procuraron siempre que, en los altibajos de su proceso personal, yo no sintiera nunca que se avergonzaban de mí.

Hoy siento la imperiosa necesidad de expresarles mi profundo agradecimiento, de decirles que me siento orgullosa de ellxs por haberme acompañado y apoyado siempre, y por haberme transmitido las fuerzas suficientes para gritar por mis derechos sin titubear; por haberme permitido empoderarme lo suficiente para verbalizar en voz alta que soy lesbiana sin temor a las reacciones que ello pueda generar. Y a mi padre, gran profesor donde los hubiera, por haberme dado el mejor de los consejos para luchar por mi alumnado. Aún recuerdo mi primer día de docencia, hace 11 años ya. Me llamó por teléfono y me dijo: “No voy a decirte cómo tienes que hacerlo porque a ti te gusta vivir tu propia experiencia y eso deberás aprenderlo tú, pero escucha bien lo único que quiero decirte: ‘el gallo nunca debe olvidar que una vez fue pollo’. Eso es todo, mucha suerte” (permítanme obviarle la carga sexista del lenguaje). En ello pienso cada vez que tengo delante a mi alumnado: yo fui una adolescente rebelde y difícil, yo necesitaba referentes y profesorado que me escuchara, y, por encima de todo, respeto y cariño. Mucho cariño. Y respeto también.

“Si no creamos referentes, no existimos”: esta frase me la habrán escuchado en más de una ocasión, así es que tal vez este Orgullo de los 40 sea un buen momento para compartir mi historia, y sumarla a las miles de historias comunes de tantas lesbianas que habitamos tu vida. Porque, como muy bien dijo en su día nuestro gran referente Pedro Zerolo: “Los homosexuales no somos orientaciones sexuales que vagamos por el espacio: somos sus hijxs, sus hermanxs, sus compañerxs de grupo, sus colegas de partido…”.

Aquí va mi pequeño homenaje a esos dos jóvenes que un día se lanzaron a la difícil aventura de compartir sus vidas conmigo y de crecer a mi lado, a esas dos personas que se comprometieron conmigo y lucharon de mi mano por mi felicidad y por la de todas las personas que, como su hija, pertenecen a esas minorías vulnerables y son blanco fácil de discriminaciones varias. Sé que el camino ha tenido tramos muy duros, que yo no lo he puesto nada fácil. Por todo ello, ¡¡Gracias por haberlo hecho tan bien!! Eternamente agradecida.