Llevo un año madurando este proyecto. Es fácil de explicar: la mujer rebelde que habita en mí ya no soporta la ausencia de un espacio virtual en el que poder reivindicar sus ideas, sus valores, sus principios; un lugar que invite a la reflexión, al diálogo. En una frase: un lugar en el que plasmar la metamorfosis de mí misma.

Sí, voy cambiando. Soy una mujer en construcción. Y mucho me temo que moriré siéndolo.

Nací rebelde, feminista y lesbiana. Por este orden. Y poco a poco he tenido que ir moldeando mis tres vertientes.

La rebeldía: tuve que aprender que no podía rebelarme en todo por el gusto de hacerlo, pues a veces me rebelaba contra aquello con lo que estaba de acuerdo. Mi objetivo era llevar la contraria y demostrarle al mundo que yo podía pensar diferente y que ellos tenían (sí o sí) que respetar mi diferencia. Obviamente, con los años he tenido que aprender a canalizar mi rebeldía y a utilizarla a mi favor. No se crean que lo he conseguido del todo. Aún tengo rejos de mi esencia. Las esencias son así: difíciles de erradicar.

El feminismo: sí, soy feminista. Pero no soy una borrega. Comparto principios feministas con mis compañeras y tengo mi propia visión del mundo (feminista también). Unas veces coincidimos; otras, no. De nuevo la esencia: esta vez la del ser humano. Somos cabezas pensantes, cada una se ha forjado su propia individualidad, por tanto, no podemos estar de acuerdo en todo. En una cosa sí: repudiamos el machismo y abogamos por la abolición del patriarcado.

 El lesbianismo: también soy lesbiana. Desde muy pequeña. Me enamoré por primera vez de una mujer a los 11 años. A esa edad viví mi primer beso lésbico. Tengo rejos bisexuales. Lo expreso así porque a los 24 años me enamoré locamente de un hombre y nunca me ha vuelto a pasar. Pero volvería a vivir la historia mil veces, si tantas naciera de nuevo. Y, en cuanto al sexo, no me dan asco los hombres. Mi corazón, mis ojos y mi alma, sin embargo, corren siempre detrás de una mujer.

Estoy en construcción. Soy dinámica como la vida misma en muchos aspectos. Creo en los matices a veces. Otras no. La radicalidad se hace necesaria según en qué momentos.

Mientras una mujer como Ana Hardisson me diga “pareces más joven de lo que eres” y yo le conteste “gracias”, quiere decir que aún me queda mucho por limpiar de la cultura que me corre por las venas. Su respuesta fue obvia: “no es un piropo, es una observación objetiva. ¿Qué quieres decir entonces, que las que somos mayores o aparentamos serlo estamos en desventaja?” Yo me quise morir un rato y resucitar unas horas más tarde. Menos mal que esta magnífica mujer se abrió a un diálogo interesantísimo conmigo y acabamos riéndonos juntas.

Mientras siga preguntando a mis alumnos si viven con sus padres (son raras las veces, pero alguna se me escapa), será señal para mí de que aún tengo mucho que lijar de la educación que absorbí.

Mientras me siga declarando atea (porque lo siento desde las mismas entrañas) y exclamando a los cuatro vientos “¡ay, por dios!” o cantando villancicos, será indicador inequívoco de que tengo batalla que lidiar aún con los siglos y siglos que han conformado mis genes.

Y cada vez que lo haga bien, como yo creo, como a mí me gustaría, será entonces garantía de que, efectivamente, estoy cambiando y en construcción.

Hablaremos de diversidad, de machismo, de patriarcado, de fobias, de educación, de igualdad, de género, de prostitución, de política…Giraremos en torno a la vida. Siempre desde una mirada feminista.

Sólo habrá dos reglas:

1.- Respeto.

2.- Los Anónimos podrán ser rechazados.