Hard Candy

Cada vez que nos enteramos de un nuevo caso de violencia de género en que tanto la víctima como el asesino maltratado mueren en manos de este último, decimos lo mismo: “¿Por qué no se mata él primero?” o bien “Si se lo hace a una hija/madre/prima/etc mía lo mato yo directamente”. Bueno, esta última expresión la decimos en petit comité y, aún así, “medio en bajito”, que está mal visto desearle la muerte a alguien por mucho que ese alguien sea el asesino de una hija/madre/prima/… nuestra.

Este año, Pilar Matud, una profesora del máster que estoy cursando en la Universidad de La Laguna, una profesional a quien admiro muchísimo y una eminencia en el campo de la Violencia de Género, nos dijo en una clase: “¿Por qué creen ustedes que las mujeres maltratadas no matan a sus maridos? ¿Porque son físicamente más débiles? En absoluto, la víctima tiene muchísimas ocasiones para matar al maltratador que está acabando con su vida y con la de sus hijxs. Sería tan fácil como clavarle un cuchillo en la yugular mientras duerme o envenenarlo en las comidas que le cocina. Oportunidades tiene las que quiera para poner fin a la tortura, al sufrimiento físico y psicológico y al miedo de dar un paso al que es sometida día tras día. Podría matarlo en cualquier momento y acabar con su pesadilla. ¿Por qué no lo hacen? Es muy sencillo: por la socialización diferenciada“.

Es esta socialización diferenciada que recibimos desde incluso antes de nacer, la que nos lleva a ser, a las mujeres, objetos de deseo de los hombres, quienes se convierten en los sujetos del amor. Bien es sabido que mientras sigamos jugando en un plano simbólico psicológico y romántico el papel de objeto, difícilmente podremos pasar a la acción. Un objeto no tiene mucho margen de movimiento. A los hombres los educamos para la acción. Los juegos agresivos y violentos son de chicos. La masturbación (el sexo, por tanto) es de chicos. No escucho en lugares públicos hablar de masturbación femenina con la misma naturalidad que se habla de la masculina (ni con otra naturalidad: la masturbación femenina -como todo lo que es femenino- es un asunto íntimo entre las féminas, parece ser). El apetito sexual acentuado y cotidiano es de chicos: de ahí, por ejemplo, que la infidelidad siempre se haya visto más natural en los hombres. La infidelidad femenina ha sido (y es) duramente castigada: ya no legalmente (¡por suerte!), pero sí en el imaginario colectivo. Cuando un hombre es infiel nadie niega la falta, lo mal que está lo que ha hecho, pero se palpa en el ambiente un atenuante a su favor por el hecho de ser varón: “los hombres son así”, “ya sabes cómo son los hombres, que no se pueden aguantar”, “la carne es débil, y si encima es hombre, pues mucho más”, y un largo etcétera. [Estoy centrándome aquí en el tipo de amor romántico que rige y reina en nuestra sociedad nacional y europea y, nos guste o no, en el imaginario colectivo de este malbendito y sagrado sangrante país].

Ahora bien, esta benevolencia hacia la agresividad que caracteriza al hombre, por un lado, y ese esquema naturalizado de que la mujer es por excelencia el objeto de deseo de los hombres, así como la cuidadora de la familia y la encargada del cuidado de lxs hijxs, por otro [sí, hablo en singular, “la mujer”, porque en ese imaginario colectivo somos todas extractos de un mismo molde: el heteropatriarcal]; esta dualidad en la educación en base al sexo -digo- hace que algo tan atroz como es la violencia de género no sea vea tan clara hasta que no se materializa en paliza de muerte o en la muerte misma. Porque, además, como mujeres nos educan a ser sumisas, discretas, permisivas, sufridas, a no quejarnos, a ser pasivas (la violencia es de chicos): de ahí que, muchas veces – como bien señala Mónica Arana, feminista y activista de Ladyfesta Bilbao-, “estas mujeres no son conscientes de la situación de tortura y de sumisión y de maltrato en el que están inmersas”. Esta educación diferenciada de la que hablo hace también que un acto tan deplorable como es una violación encaje más en los esquemas mentales en los que nos educan si la comete un hombre y, por tanto, de alguna manera es también un atenuante. A nosotras, las mujeres, nos enseñan a ser pacientes, a no detentar el poder [menos aún si es un hombre a quien tenemos enfrente], a no defendernos, a ser inactivas, a sentir miedo ante la violencia del hombre, a sentirnos inferiores y a no contestar, a no reaccionar con la misma violencia; no nos han dado herramientas para empoderarnos, no nos han enseñado a defendernos afrontando al adversario (muy por encontrario las recomendaciones que vienen directas de las instituciones nos aconsejan permanecer en casa para evitar agresiones contra nosotras). Y, de esta forma, si la violencia o la violación en sí no es “demasiado violenta”, la gran mayoría ni siquiera somos conscientes de que estamos siendo agredidas. Tenemos tan interiorizada la violencia contra las mujeres, tan naturalizada, que aún hoy resulta difícil reconocer por una misma esa situación, lo cual -tal y como apunta Mónica Arana- “ya es en sí una violencia que hace muy difícil que una mujer en esta situación, pueda empoderarse y responder violentamente contra su agresor”.

Ahora bien, ¿a qué viene todo esto? Pues resulta que hace unos días vi una película que recomiendo a todo el mundo (que no la haya visto): Hard Candy. Y al terminar de verla y reflexionar sobre ella, me doy cuenta de que es precisamente esa socialización diferenciada la que nos hace ser benevolentes durante la mayor parte de la película con el chico, a pesar de tener ante nosotrxs una realidad evidente, aterradora y repugnante. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo por el que nos ponemos de parte del chico y creemos que la chica está loca y es ella la persona más cruel y despiadada? Está claro…

1. La violencia no es propio de las mujeres, mucho menos de las niñas.

2. Las armas en una mujer resulta chocante a la vista (porque lo bélico es también cosa de hombres).

3. El hecho de que una mujer hable en tono firme, seco y autoritario (“como un hombre” dirían tantxs) la convierte en “mala mujer” ante la mirada del expectador. No ocurriría lo mismo si invirtiésemos los papeles, no nos chocaría tanto que un hombre hable así. Que lo haga una chica se convierte en un agravante: no es el rol que le corresponde.

4. Cuando vemos a un ser humano sufrir, automáticamente nos ponemos en su lugar y nos da pena: da igual lo que haya hecho, da igual que haya matado, torturado y/o violado – a menos, claro está, que la víctima haya sido una hija/madre/prima/… nuestra-.

¿Por qué acabé poniéndome en el lugar de la chica y empaticé con ella? Imagino que esta escena fue la detonante…

Si, en lugar de recibir una socialización diferenciada según el sexo que tengamos (y el rol de género que, por tanto, nos corresponda), nos educaran como seres humanos igualitarios en casa -sin distinciones en los roles de género-, desarrollaríamos nuestras propias capacidades sin restricciones y llevaríamos una vida mucho más placentera: las mujeres, porque no se sentirían oprimidas ni explotadas; los hombres, porque disfrutarían más de su vida privada al pasar a ser sujeto activo dentro de ella. La violencia no mermará nunca si no comenzamos a cambiar YA los esquemas con que crecemos y que mamamos a través de todos y cada uno de los medios de socialización: nanas, canciones, cuentos, dibujos animados, cómics, películas, novelas… Y luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando asistimos a una tragedia. Pues, sinceramente, no sé de qué se asombran si es una consecuencia natural de la educación que recibimos.

Les recomiendo también (después de la película) el siguiente artículo que leí hace muy poco por la red a propósito de las violaciones y los violadores: ¿Dónde están los violadores?